Memorias

Con el tiempo el recuerdo es menos y la sensación es más.
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domingo, 10 de octubre de 2010

Mañana operan a mi hermana

Aquí estoy leyendo el periódico de mi ciudad en mi ordenador y comiendo pistachos, Leo entra por su puertecita del salón y me mira preguntándome cuánto tiempo más me queda antes de irnos a acostar. Yo, con el sabor del pistacho y la mirada de Leo sólo puedo tener una cosa en mi mente, mis padres. 
Ahora mismo estarían charlando en su habitación comiendo pistachos, Leo estaría con ellos descansando y esperando a que la noche termine y el sol vuelva para su paseo matinal, ese que tanto gusta de hacer con sus abuelos para disfrutar de su amor.
Mañana operan a María Elena y seguro que todos en casa están a ratos rezando, a ratos haciendo yoga, y casi todos los ratos meditando, la actividad colectiva de la casa, hasta Coco y Sebas estarán en la onda dog-a. 
María Elena estará nerviosa pero se calmará, con la calma de todos que le hablarán como si se fuese a hacer un corte de pelo sólo que un poco más largo, así no alimentan sus miedos, aunque realmente es quien más sabe de quirófanos y anestesias, ella nos da la vuelta en experiencias con esta situación. 
Pero es igual, que no se ponga nerviosa o se pone necia, o le da por llorar, aunque es fácil tranquilizarla, sólo hace falta un chiste, una mirada segura y listo, a por otra cirugía, sus miedos se ahogan en compañía.
Jéssica irá de sargento, seguro, hasta la voz le sonará más grave mañana, apurará a todo el mundo como si de una cuadrilla de obreros se tratase, si todos cumplen su parte todo saldrá bien y eso la tranquiliza, sus miedos están atados con su mando.
Alberto llamará varias veces, todo lo que su trabajo y la cobertura celular le permita, él será quien le cuente el chiste, le ofrecerá llevarla a comer justo lo que no podrá hacer en dos semanas y se volverán a reír, como hombre criado en mi casa su miedo aparece cuando toca y no antes.
Raquel controlará el tiempo desde su trabajo, llamará para coordinar los pensamientos en el momento justo en que entre a quirófano, repetirá un mantra que se convertirá en su escudo, un ruido que espante sus miedos y se agotará  hasta que llegue la llamada que diga todo ha salido bien.
Mi mami se entregará a Dios, esa es la sabiduría que ha ido almacenando con tanto hijo y con tanta gente que ha pasado por su mano pidiendo concejo, contando tragedias. Entregarse a Dios y confiar. 
Si ella ya no está en sino que está en Dios sus miedos no tienen dónde alojarse.
Mi papi minimizará el riesgo de la operación y pondrá el énfasis en los cuidados, siempre ve a los médicos con respeto y, aunque sabe lo que le van a decir, no se adelanta. Es como un director de orquesta que asiente cuando el violinista hace bien su ejecución, pero si no la hace ¡ay! pobre del doctor, como ese oculista que tan mal le cayó, mal violinista, échenle de la orquesta.
El  énfasis que pondrá mi padre en los cuidados tiene otra lectura y es que, además de ser importante, es lo único que se tiene realmente en las manos tras una operación, es de lo que se puede ser responsable, y esa es su palabra, él es responsable y espera eso de todos. 
Él no manda, él espera. A estas alturas tiene ganado el derecho a esperar eso de todos nosotros. Sus miedos quedan atrapados en la red de la responsabilidad, si ésta está bien tejida no se escapan.
Y yo, lejos de todos y tan cerca, sintiéndolos, amándolos, segura de que la meditación trascendental, esa que hace despojarse del cuerpo para viajar y unirse al Todo, existe, pero no como la explican los libros de metafísica, sino como la vivimos nosotros. 
Yo vivo en ustedes, me muevo en ustedes, siento todo lo que allá en la casa se siente. Sin sentarme con los ojos cerrados, sin tener la postura del loto, aquí, abrazando a Leo, leyendo El Universo, sin hacer ningún esfuerzo por poner la mente en blanco, he dejado de estar aquí, en Madrid, estoy allá, en Guayaquil, en casa, en todos ustedes y todos ustedes que son mi Todo están en mí.
Este amor de pertenencia, este ser conjugado que se replica en nosotros cada vez, la esencia nuestra; viaja, vive y siente. Se ha ido pegando en nuestras venas desde que empezamos a ser familia, desde que esos dos se amaron y nos amaron, desde que el amor se sintió realizado en dos y luego en 7, y luego en 9 y luego... no lo sé, es muy difícil creer que siga creciendo exponencialmente este amor, porque el origen, los dos que contagian, no llegan por limitación temporal a contagiar a más. 
Y son ellos. Nosotros sus hijos sólo estamos contaminados por ellos pero no somos portadores de tanta fuerza. 
Tal vez con los años pueda yo contar a mis nietos lo que conocí un día en mi casa, lo que creí que era normal en todas las casas, mis padres.
Puede ser que algún día mis hijos corroboren con sus anécdotas cómo eran sus abuelos, que intentemos entre todos reproducir el vínculo original, pero lo veo difícil. 
Es difícil que las estrellas vuelvan a estar en la posición correcta, que los átomos estén rebotando de nuevo a la velocidad perfecta y suceda otro Big Bang. Me conformaré con vivir este amor y verme en los ojos de mis hermanos, cómplices del vínculo, testigos y partícipes del Todo. Perderlo es mi miedo y lo ato escribiendo, mal atado queda. 

martes, 5 de octubre de 2010

Penando (feb 2003)

Debía tener 5 años cuando vi al primer muerto en mi vida, no solo fue el primer hombre muerto sino que fue el primero que vi morir, se ha contado tanto esto en la familia que mucho de lo que creo recordar será información que se anexó a la memoria.
Una cuadrilla de hombres armaban la tercera planta de mi casa la cual se terminó un par de años más tarde por razones que “caerán por su propio peso” . Un hombre mayor, tendría unos 40 años, aunque eso no es muy claro porque cuando yo tenía 5 años los de 20 ya eran mayores, levantaba un largo hierro sin ver que el cable de alta tensión le miraba, de pronto un chispazo llamó la atención de todos los que abajo estábamos y vimos caer al patio el bulto. No recuerdo bien el detalle de lo que ocurrió enseguida, supongo que me llevarían donde no pudiese ver nada pero si recuerdo que no se escuchó más el martilleo ni las voces, y cuando digo más me refiero a muchos años más.
Había una sensación de quietud e inquietud a la vez en todos aún días después, recuerdo que mi nana evitaba caminar por ese sector del patio, recuerdo también el jaloneo en mis brazos para zafarme de ella y pararme ahí justo en ese sitio y repasar lo que vi y preguntarle lo que no vi.
Pasarían unas dos semanas del accidente cuando mi padre tuvo que viajar, mi padre era militar, fuerte e inteligente, lo más cercano a un “Juan sin miedo”, mi madre en cambio parecía que le había delegado el trabajo de ser valiente a él para ella encargarse de otras cosas.
Esa noche era negra, fría, con mucho viento, como se ponían las noches cuando mi padre no estaba. Nuestros dormitorios tenían todos unos ventanales que daban a un  patio donde se erguía un gran almendro. Un almendro es un árbol de tronco más bien delgado si lo comparamos con un mango pero igual o más alto y sus hojas son tan grandes que cubren un rostro; cuando bota su fruto se llena de gusanos Pachones, unos bichos gordos y peludos que si te rozan la piel te duele más duro que mil avispas, hay que cazarlos con cuidado si quieres ver cómo se hacen mariposas; lo ideal es un frasco grande de mayonesa vacío, un palo de escoba, un paraguas y un jarabe antihistamínico a mano, esto parecerá demasiado al joven cazador pero la experiencia te enseña que, al final, es demasiado.
Un almendro ofrece muchas experiencias que se graban en la memoria más vividamente que  un hombre cayendo del tercer piso, por ejemplo su fruto, es de forma almendrada, no podía ser de otro modo, está cubierto por una piel gruesa, agridulce, amarilla encima y rosada por dentro, el centro es un trozo como de madera, hay que dejarlo al sol un día cuando menos para poder partirlo con una piedra, no con un martillo, una piedra del porte de tu mano, mejor si tiene alguna hendidura en el centro así atrapa la pepita y la destroza sin que esta se esparza; el golpe ha de ser muy estudiado, si lo haces con demasiada fuerza no comes nada, se mezcla la dulce carne de la almendra con los trozos de su cáscara, si lo haces muy suave al retirar la piedra ésta se te ríe, porque nunca se cuartea, el golpe ha de ser seco, como la caída del muerto al patio, así se rompe pero no se esparce ni se mezcla.
En la oscuridad el almendro hacía sombras en los visillos, ese era el motivo por el que mi madre mandó a hacer gruesas cortinas que se cerraban por la noche cual toque de queda para la luna. Recuerdo que esa noche las cerró más temprano y nos acostó más temprano también, ella se encerró en su dormitorio a leer. Normalmente yo trataba de ganarle al sueño para escuchar las conversaciones que mantenían mis padres cuando creían que ya estábamos dormidos, podías enterarte de grandes secretos, desde lo que alguna profesora había dicho de alguno de nosotros hasta lo que te iban a dar en navidad, pero esa noche no había nada interesante que me mantenga despierta, cerré mis ojos y me dormí.
Todos estábamos dormidos, pero en agosto el viento baila a horas inapropiadas, recuerdo que mi madre entró en mi habitación y me llevó a la suya donde ya había reclutado a mis otros hermanos y hasta a las empleadas, nos ordenó hacer silencio, ella se sentó en una silla, las empleadas en el suelo al pie de la cama, nosotros arropados hasta la nariz, de pronto todos oímos: Shas...shas...shas...shas... y shas; eran 5 shas y el último se frenaba justo frente a la ventana, de ahí venía un largo silencio, al tiempo se reanudaba ese andar pesado.
Cuando íbamos en la tercera ronda de shas  mi madre se puso a rezar, eso era un mal indicio, mi nana me agarró la mano por debajo de las sábanas, la tenía húmeda y muy fría, “Es el hombre que está penando”, dijo y empezó la cuarta ronda, mi madre le contestó: ¡Pues no tiene nada que hacer aquí! Y se levantó frente a las cortinas, esperó el quinto shas y SHASS abrió de golpe cortinas y visillos, a todos se nos heló la sangre pero no vimos nada, sólo el silencio y el silencio es algo que se ve con el estómago, recuerdo que el mío se encogió como cerrando sus párpados.
¡Nadie se levante!, dijo mi madre, pero al primer shas todos nos abalanzamos a la ventana y vimos la cara del espectro. Las hojas secas del almendro agrupadas en el patio se arrastraban con el viento hasta frenarse en la ventana, creo yo que se frenaban muy a tiempo.

viernes, 10 de septiembre de 2010

Rache



Terminaba el invierno de 19?7 cuando nos dieron la noticia, un bebé estaba de camino. Mis dos hermanos mayores, Alberto de diez y María Elena de catorce, se emocionaron. Mi hermana menor, Jéssica, que por entonces tenía seis y vivía en las faldas de mi madre, sólo sonrió. Yo, que con nueve años ya había traído a casa cuanto bicho viviente podía, sentí algo más que entusiasmo, era un sentimiento parecido al de tener un cachorrillo pero sabiendo que a la larga hablaría. 
En diciembre de ese año nació, mi padre nos llamó al teléfono para decirnos que se llamaría Raquel, de inmediato dejamos de brincar en su cama soltando nombres al aire, yo había estado gritando Wendy (la de Peter). Sería Raquel, Laura Raquel, esa fue mi primera decepción. 
Al llegar a casa mi madre entró en su habitación con Raquel. Ese lugar en el que antes podíamos brincar, llegar corriendo como si fuese la única madrina válida en el pilla pilla, retozar antes de que nos obliguen a meternos a la ducha, el de la gran cama, de pronto, era sitio estéril.
Y a mi, que tenía experiencia criando perros, cobayas, loros, patos, conejos, tortugas y hasta una iguana, me prohibieron tocar a Raquel sin vigilancia y por supuesto con la escrupulosa esterilización del caso. Pasé de Raquel.

Guardo algunas imágenes de eventos en mi adolescencia donde Raquel entra en escena, discusiones sobre objetos perdidos que luego encontraba en su casa de muñecas y que misteriosamente volvían a desaparecer, una nariz pegada a unos ojos curiosos que recibían mi portazo, y un incidente que parecía tener un trágico fin, cuando Raquel desapareció. 
Mi madre empezó llamándola sin respuesta, luego alarmó a toda la casa, entre padres, hijos y empleados se buscó por todo el barrio, yo me quedé en casa por si volvía, también haría de Hermes, si alguien la encontraba debía ir a avisar al resto (no había móviles). Con el silencio de la casa esperé en la terraza para otear el horizonte. Un ruido en una de las habitaciones llamó mi atención, corrí y la encontré, blanca como un fantasma, se había metido bajo la cama para poder jugar con el talco y lo había esparcido todo, parecía disfrutar de su tacto sobre el piso frío. Hermes atrapado. No podía salir corriendo a dar el aviso según mis planes porque no iba a dejarla sola ahora que la había encontrado y se negaba rotundamente a salir de debajo de la cama. Me asomé y empecé a gritar al primero que divisé, al segundo llegó todo el mundo, y fue mi madre quien aún llorando, tuvo que subir y sacarla de ahí prometiéndole que seguiría jugando con su talco.
El siguiente recuerdo de Raquel es en mis citas con mi novio. Mi madre no admitía que una chica salga con un chico sin un tercero de confianza, y qué más confianza que una metiche de diez años que se creía que éramos amigos los tres. No pude ver ninguna peli en el cine que no fuese para niños, conversábamos del tiempo y claro, siempre ella, mirándonos, como queriendo entender algo que no pillaba del todo. Al final fue más fácil casarme que seguir pegada a Raquel.
Con el tiempo, aquel incordio de niña creció y se convirtió, increíblemente, en mi mejor amiga. Sigo pegada a Raquel.

domingo, 20 de junio de 2010

Y cayó del Olimpo

Domingo 20 de junio de 2010 9:45h

Esto de escribir las memorias con cuarenta y pocos (muy pocos) tiene sus ventajas. La más evidente está claro que es la memoria. La más estimulante que siempre puedes escribir otras memorias de la mitad que te falta y que, en teoría, son los años más interesantes de tu vida filosóficamente hablando. Pero hay una desventaja y es que cuando las escribes con 80 años tienes mayor libertad de decirlo todo, una catarsis donde no cabe la vergüenza, tus padres suelen estar descansando en paz sin haber pasado por la incomodidad de leer tus memorias. Si por un casual aún viven seguro que no tienen la vista o el oído para enterarse bien, y si lo tuvieren, ya la sabiduría les aconsejaría no leerlas habiendo cosas más importantes que hacer con ese tiempo tan preciado, como la contemplación sin más. Con cuarenta todos están al loro.

Mi padre cumple 79 el viernes que viene, nació en el 31. Cuando yo lo conocí él tenía 41 años, yo 5. Antes de eso no recuerdo nada específico, salvo la malla de mi corral y escenas que pasaban fuera (la TV en blanco y negro y a Amstrong pisando la luna, por ejemplo).

Cuando cumplí 5 intentaron que fuese a la escuela, lo habían intentado con 4 pero fue inútil. Con 5 me forzaron, literalmente, yo gritaba, me agarraba de todo lo que pudiese evitar que me sacaran de mi cuna, de mi casa, de mi coche.
Creo que temieron que huyese si me dejaban en la escuela. Recuerdo gritar desde la cuna "déjenme disfrutar de mi niñez" y escuchar la risa contenida de mi padre.

Ahí, en esa risa, él en una habitación y yo en la de al lado, ese microsegundo lo convirtió en mi cómplice, mi colega, mi héroe.

Todo lo que él hacía y decía era secundado por mi, incluso fui a la escuela. Iba a misa y le veía postrarse a rezar. Trataba de emular su fe, pero era él a quien yo adoraba.

Estar al lado de mi padre debió ser como ir de compañero de Jack Bauer a una misión. Todo terminó cuando cumplí 8 años.
Ocurrió en Galápagos, en esa época la dictadura militar gobernaba mi país, el petróleo brotaba demasiado fácil y todos estaban contentos.

Mi padre es militar y había una isla para nosotros, o eso sentía yo, era mi isla. Tenía el comedor de oficiales con mesas de billar, el bar con refrescos, el cocinero, que solía ser un suboficial divertido e ingenioso. Lo de ingenioso debió ser condición para el puesto porque por entonces la comida y el agua de la isla venían por avión los lunes, pero solía ocurrir de vez en cuando que en lugar de llegar en lunes fuese un jueves, ahí el cocinero se iba de pesca, de caza, o de trapicheo por las otras islas y el agua se dosificaba. Tenía miles de historias divertidas, exageradas, y muchas inventadas, sobre cosas que ocurrían en las islas, disfrutaba contándolas convirtiéndose en protagonista obligado y a mi en una espectadora de aplauso fácil.

El área de recreo, comedor y bar, quedaba al final de la calle principal de la isla (era una base de la fuerza aérea), del otro lado estaban las villas de oficiales donde nosotros nos hospedábamos un mes entero cada año, generalmente marzo.

La electricidad la producía el generador que funcionaba con gasolina, se apagaba a las 9 de la noche y se encendía a las 5 de la mañana.

Los horarios de comida eran estrictos, del desayuno obviamente pasábamos, pero a la comida y cena nos apuntábamos.

La cena era a las 7 de la tarde, así daba tiempo a echarse una partidita de billar o ver alguna peli en el televisor y volver a casa antes de que se apaguen las farolas.

Una noche, el cocinero se puso a contar una historia terrible, decía que había perros salvajes en la isla, vivían escondidos entre los matorrales y salían a cazar por la noche; contaba como un amigo de él fue atacado y sobrevivió milagrosamente acabando con toda la metralla de su pistola, pero no se libró de perder una pierna que se infectó con los mordiscos.

Como la historia era larga y queríamos escuchar el final, rogué a mi padre que me deje quedarnos unos minutos más, él me advirtió sobre la hora y que si no nos apurábamos no tendríamos luz para el camino de regreso, me asusté y me fui con él hacia casa sin saber el final del relato.

Iríamos a mitad de camino, apenas se veían las luces del comedor donde imaginaba al cocinero lavando los trastos y cerrándolo todo, del otro lado adivinaba la luz de mi casa. De pronto, las luces de las farolas titilaron, agarré fuertemente la mano de mi padre y le pregunté
- si nos atacaran ahora los perros salvajes, ¿qué harías?
- les atraería y te gritaría que echaras a correr a casa sin mirar atrás.
- ¿Pero y si un grupo se queda contigo atacándote y a mi me persigue otro?
- No podría hacer nada, eso ya dependería de ti.

Ese día del mes de marzo mi padre se convirtió en mortal. Le vi con pena y yo, comprendiéndolo todo, empecé a adorar a Dios, a ese al que mi padre se postraba en misa. Ese que me convertía de pronto en la protectora de mi pobre y mortal padre.

Yo y Dios, el nuevo dúo poderoso e invencible.