Memorias

Con el tiempo el recuerdo es menos y la sensación es más.
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lunes, 9 de mayo de 2011

Leer las instrucciones antes de estropear.


Tengo una caja, en la última balda, de la última librería. Esa que ya no se por qué sigue ocupando sitio en la bodega, y ahí se queda.
Está a rebosar. Tiene los manuales de instrucciones de todo cuanto se compra en casa. Una cámara de fotos. Un teléfono. Una deshidratadora. Da igual, todo termina dentro.
Eventualmente reviso la caja, y tiro los manuales de las cosas que han pasado a mejor vida.
No solo los guardo. Yo los leo. Soy la única en casa que lo hace. Pensaba que era porque  bastaba con que uno lo lea, y guarde. Como ya lo hacía yo, ellos no lo hacían. Pero hoy, que somos todos adultos, veo que tiran a la basura el manual de cuanto compran. Luego pensé que era porque soy la única mujer. Pero tampoco. Tengo a mi hermana, que saca los objetos de las caja, y las tira con todos los papeles dentro. He ido indagando entre mis amigos, sobre si leen y guardan el manual de instrucciones, y parece que no ha sido algo común. 
¿Por qué lo hago? Y sobretodo ¿Por qué siento que es una limitación hacerlo?
Leer las instrucciones siempre me ha dado la tranquilidad, de que no voy a echar a perder el cacharro, al primer traspiés. 
Pero ocurrió algo hace un par de años. Tuve mi primer iphone. 
La caja era dura, alta. Dentro venía el Iphone muy bien aislado. Sus pegatinas de manzanita. Al fondo de todo, las instrucciones. Una hojita con dibujos, dos instrucciones de encendido y una web. Eso era todo. 
¿Qué había pasado con los manuales en 7 idiomas?
Soy yo. Ya pasó, por encima de mi, la tecnología. El papel ha caducado. Hoy, si quieres que tu iphone no muestre tu número en la llamada, debes entrar en youtube. Un vídeo de alguien, que se tomó la molestia de colgarlo, te enseña a hacerlo.
Mis hijos tienen sus móviles llenos de apps. No se usa el sms, se usa el whatsapp. No tienen libros, la facultad cuelga todo. Saben de una fiesta por el tuenti. 
Ellos me dicen que el manejo es intuitivo. Esto me llega al corazón. Yo era la intuitiva en mi grupo. Esto de lo “intuitivo” se relacionaba más con el tercer ojo, que con el sistema operativo.
El “lea las instrucciones antes de usar” era una advertencia de que podías estropearlo. ¿Ha desaparecido esa posibilidad?
Yo tenía veintipocos cuando formé mi familia. Recuerdo que, cuando me iba de viaje, y encargaba mis hijos a sus abuelos, dejaba por escrito todo lo que tenían que hacer ante las distintas circunstancias que podían ocurrir. 
En casa, tenía por escrito todos los castigos que se iban a cumplir emparejados con sus correspondientes causas. Eran dibujos al principio. Los últimos listados, de falta y castigo, los escribieron ellos con 14 años.
Si yo hubiese podido, habría colgado una tarjeta de instrucciones en mi cuello. 
Unas instrucciones generales en el cuello de todos, nos ahorrarían muchos disgustos. En unos casos instrucciones, y en otros advertencias.
Algo así como el “si bebe no conduzca”.
“Luego de administrarse una charla con fulano no operar armas de fuego”
“dosificar su presencia a una hora semanal”
“nunca usarse sin revisar primero si ha tenido un buen día”
“abrazar antes de usar”
“mirar antes de hablar”
“hablar despacio” “no dilatar lo que se va a decir”
Algo que ayude a no estropear en el primer traspiés.
Hoy es todo intuitivo. Tantear y seguir.
El domingo, en la comida, bebíamos un Viña Ardanza del 2001. Me gusta ver las botellas. Esta me hizo sentir acompañada, y ya no solo por su contenido. 
Decía la etiqueta, abajo del nombre y la cosecha, que el sol, la lluvia, el viento, había sido especialmente propicio para obtener tres cosechas que se calificaron como especiales: 1964, 1973 y 2001. 
Yo estaba bebiendo un vino que me decía cómo había que sentirlo. Su delicadeza arropada en un sol, que sólo había encontrado el grado perfecto tres veces en 50 años. Su humedad en mi boca. La complejidad de esa añada, que no esperaba a ser intuida. Tanteada. No. Quería ser disfrutada desde el principio. Y te daba las instrucciones para que no estropees el momento. 
Debe ser por eso, que es uno de mis favoritos.

lunes, 27 de septiembre de 2010

NICK







He matado a un hombre, está aquí ... en la cama, ni siquiera sé su nombre, bueno sí, Nick, pero no es su nombre verdadero, es su nick
Sonaba gracioso cuando chateamos la primera vez hace una semana, el lunes para ser exactos.
Empezamos hablando de lo que ponía la tele a esas horas de la madrugada y en la cuarta línea le solté “qué tal si no hablamos más y nos vemos el viernes a ver qué pasa”, luego de un silencio dijo que sí.
Quedamos en un hotel pequeño en la calle del Arenal, dejamos las ventanas abiertas y las luces apagadas, había una penumbra extraña aunque era medio día.
Sabíamos muy poco el uno del otro y tampoco había interés en saber más, le dije que estaba haciendo un estudio antropológico y que él era el sujeto de mi estudio, fue divertido dado que se prestó al juego y contestaba ingeniosamente al sin número de preguntas que yo inventaba sobre la marcha mientras daba largos tragos a la botella de vino, él casi no bebía. 
Las preguntas se fueron tornando más físicas que psíquicas y empezamos el acto, lo hicimos siete veces seguidas, cuento la séptima porque ambos … bueno, seguro que él más.
¿Qué hago ahora? ¿A quién llamo primero? ¿A la policía? ¿A mi marido?
Siempre pensé que algún día, ya jubilados, nos pondríamos a hablar y se lo contaría todo y él me entendería, por supuesto que lo haría, me conocía tan bien.
Recuerdo cuando lo vi por primera vez entrando en el aula de la facultad, era octubre y aún tenía el bronceado del verano, llevaba una camisa rosa de lino, era alto y fuerte, las mejillas rojas de sol, creo que hasta olía a sol.
Nuestra cama es de dos metros, igual que esta del hotel donde está el muerto, sin embargo en mi cama nunca hay paz, tengo un sueño muy liviano, un suspiro me despierta, siento cada movimiento de mi marido al dormir, incluso no sé qué hace que a veces me despierta con un chirrido de los talones contra las sábanas, y si me desvelo no vuelvo a conciliar el sueño, me quedo mirando el techo. 
Vivimos en el último piso del edificio y encima nuestro está la piscina. Suelo quedarme viendo el techo, adivinando la lámpara en la oscuridad, pensando que tal vez el agua de la piscina encuentre un camino por el cable de la luz y caigan gotas en la habitación, que no me de cuenta, que se empiece a llenar y cuando esté al nivel de las sábanas entonces se cuartee el techo y caigan de golpe los 50 metros cúbicos de agua, así de repente, y el golpe sea como el de una gran losa y nos aplaste tan fuerte que nos quite a los dos el aire de los pulmones y que cuando reaccionemos y demos la primera bocanada los pulmones se llenen de agua y nosotros abramos los ojos y veamos todo flotar, nadie nos extrañaría, estamos solos los dos, sin hijos, ni gato, bueno, tenemos una pecera con cinco gold fish que están muy gordos, pero ellos saldrán desbordados de su encierro y se unirán al agua que nos inunda y nos veremos por primera vez cara a cara pero ellos seguirán viéndonos mientras nosotros perdemos la conciencia y morimos ahogados de tanta agua, no entenderán lo que nos pasa, no entenderán nada, serán los testigos de nuestros últimos segundos de vida y no lo entenderán. 
Moriríamos juntos como hemos estado desde el día en que nos conocimos, hicimos la carrera y nos montamos nuestra oficina, crecimos y luego nos compraron, él se quedó dirigiendo todo y yo me quedé con el tiempo libre para dedicarme a lo que me gustaba realmente, pintar. 
Siempre quise pintar el sentimiento de una escena, me quedaba horas mirando a la gente pasar, desde la ventana de nuestra alcoba veía el edificio de enfrente, quedaba lo suficientemente lejos como para no ser vista y sin embargo podía adivinar las figuras, inventaba diálogos, interpretaba sus escenas, una madre alzando los brazos mientras le habla a su hijo adolescente, una pareja que se sienta a ver la tele sin hablar, dos recién casados que se besan a cada instante, niños jugando abajo en el parque, perros que sacan de paseo a sus dueños, gatos que viven su vida caprichosamente, ancianos que suben y bajan siempre a la misma hora en un rito que dura años. 
Había días en que él llegaba de la oficina y ni me daba cuenta, me miraba en silencio para no interrumpir mi contemplación, luego le contaba todo lo que había visto y lo que yo imaginaba, eso le encantaba, él me conocía bien. Pero desde hace unos tres años he necesitado más, estar tan lejos y sólo imaginar ya no era gratificante, era extenuante. Empecé comprando unos prismáticos, eso fue divertido, luego una cámara fotográfica con el zoom 800, podías hacer fotos de casi todo y recrearme luego con los acrílicos, eso fue bueno un año, pero luego volví a necesitar más. Entonces empecé a seguir a la gente, bajaba al parque y luego les seguía tratando de dar sentido al breve acto que tenía en su ventana, pude encontrar tanta variedad de gestos en la misma persona, la dulce madre era una mujer muy agria, la seca mujer lloraba en el cine, el padre amoroso era un donjuan, me habían estado engañando, eso no me gustó, todas las emociones que había visto desde la ventana eran una farsa, la verdad estaba en la calle, cuando ellos salían de sus casas. 
Decidí entonces salir, actuar, vivir lo que viven ellos al salir de la puerta de su casa. Fue cuando empecé a entrar en las páginas de ligue por internet, me daba igual su historia, quién o qué eran, ya tenía claro que todo eso sería mentira, la verdad estaba justo cuando salían, y los hice salir, tenía claro lo que buscaba, ver la realidad de la gente, la cara sin máscara, sus tripas más que su cara. 
Pensaba que era una intrépida aventurera en busca del origen de la conducta, mi marido era mi vida pero era solo una vida, yo quería vivir varias, y cuando se quiere vivir una vida intensa hay que ir a lo básico, comer, beber y follar. 
Lo de comer quedaba truncado porque con los nervios del principio, de que el hombre sea un psicópata asesino, el hambre se me iba a los pies junto con casi toda mi sangre, me quedaba muy fría, hasta llegaba a castañear los dientes mientras pasábamos el trago del primer diálogo, lo de beber en cambio era perfecto porque se me secaba la boca, y si lo que bebíamos era vino lo de follar venía solito, era divertido ver sus reacciones con quien creían que era yo, porque lo más divertido no fue ya quienes eran ellos sino quien me inventaba que era yo cada vez, esto era mejor que ver muchas escenas tras un cristal, esto era crear escenas, mi personaje cambiaba, y los sujetos debían adaptarse a la mujer que veían, y yo aprendía ese gesto que tienen todos al resetearse, cuando lo hacían sabía que ya les tenia, sentía un poder más fuerte que el que sentí cuando empecé con el zoom 800. 
Pero ahora estaba sentada al lado de un muerto, y no sabía qué debía hacer. Pensaba que no podían acusarme de nada porque ni me había levantado de la cama y cualquier policía vería lo que habíamos estado haciendo, estaba segura de que los análisis posteriores declararían  muerte por algún fallo cardiorrespiratorio, vamos, de lo que morimos todos incluso yo frente a mi pez. 
Pensaba que tenia tiempo porque podía contar que me había dormido y que al despertar me di cuenta y fue entonces cuando llamé a la policía, cuánto tiempo podría dormir después del sexo, dos horas al menos, tenía dos horas para pensar. 
Mi marido llegará hoy a las siete porque tenemos una cena a las ocho, llamará a eso de las seis y media para decirme que llegará con el tiempo justo para ducharse y vestirse. Llamará, sobre todo, para asegurarse de que estoy despierta y no en el estado contemplativo donde el reloj también contempla al tiempo pasar. 
Llamará, seguro, a las seis y media, este hombre debe haber muerto a eso de las cuatro, ya tengo una hora límite. 
Me gusta esto de los límites externos, me obligan a actuar. Todo lo externo es como la pecera de mis goldfish, o mi techo a media noche, o el alféizar de mi ventana, o los 800 del zoom, o mi vientre sin ovarios, o las medidas de mi lienzo.
Mi teléfono tintinea. Deben ser las seis y media.
- ¿Sí?
- Buenas tardes señora  ¿es usted la mujer de Pedro de la Fuente?
- Sí.
- Me temo que tengo malas noticias, su marido ha tenido un accidente fatal y necesitamos que venga a... 
- Espere ¿es usted policía?
- Sí señora.
- He matado a un hombre, está aquí, en la cama, ni siquiera se su nombre, bueno si, Nick.