Memorias

Con el tiempo el recuerdo es menos y la sensación es más.

sábado, 18 de septiembre de 2010

Un café con sacarina, por favor.

Me gusta el café. 
Empecé tarde, como lo he hecho con casi todos mis vicios, y alentada por un empirismo lógico que me ha servido siempre para justificar mis actos. 
Con 27 años aprendí lo que era un buen dolor de cabeza, como los síntomas apuntaban a una migraña yo me apunté al cafergot. Fui memorizando todo el caleidoscopio de ese dolor, su llegada, su cúspide y su partida. 
Revisando el vademécum que dormía en mi mesilla de noche, llegué a la conclusión de que lo que tomaba era algo parecido a 1000 tazas de café. Ahí fue cuando la palabra Eureka quiso salir de mi boca, la frené y sopesé la situación. 
Yo desayunaba un vaso de leche cada mañana, nunca había querido desvirtuar su sabor, el café me parecía algo tan amargo y con un éxito casi tan inexplicable como el de la cerveza, y digo casi porque al café, por lo menos, se le podía añadir azúcar, mucha azúcar.
Decidí experimentar un mes a razón de 3 tazas por día. Café soluble, azúcar y una mueca en mi boca. Al mes ya estaba bebiendo 5 tazas en un jarro hermoso que compré. 
Empezó entonces mi afición por las cafeterías con el pretexto de ir probando distintos modos y sabores. Hoy soy una adicta y ya no sólo al café sino a toda su parafernalia. 
Cuando tomas tanto café no puedes echarle 3 cucharadas de azúcar a todas las tazas si quieres mantener tu cintura, ahí entré al bando de la sacarina y digo bando porque es algo parecido a lo que ocurre entre fumadores y no fumadores, las actitudes de los segundos para con los primeros suelen ser variadas. 
Los no fumadores, generalizando, tienen 2 posturas. La primera corresponde a los que arriscan la nariz en cuanto alguien hace el gesto de sacar los cigarros y, si el humo proviene de la silla de atrás, empiezan a abanicarse la cara y girarse para ver de dónde viene el incendio, si pueden cambian de silla. La segunda postura corresponde a los que miran con curiosidad, aprecian el olor y a veces roban una pitadita. 
Con la sacarina ocurre igual, los hay que te miran como si tomases cáncer en polvo o los que, por el contrario, se la echan al café como jugando pero lo acompañan con una tarta acaramelada. 
Sin embargo, yo no he visto a un sólo camarero mezquinar un cenicero o un mechero, pero, cuando pides sacarina es como si los dueños del restaurante les restaran de su sueldo el valor de cada sobre, te echan el azúcar en el platillo y casi salen corriendo para no escuchar que dices "sacarina por favor" y si te escuchan, se demoran el tiempo suficiente como para que el café se enfríe. Cuando por fin llegan, sacan de su delantal un mini sobre y se nota, a través de la tela de ese gran bolsillo, que no hay más, de tal forma que, si decides pedir otro sobre aceptas por anticipado otros 10 minutos de demora. 
Lo mismo ocurre si pides al principio “un café con sacarina” traen azúcar y vuelta a empezar. 
Adoro las cafeterías que usan el tarro dispensador, aunque demoren 20 minutos, cuando llega, puedes aplastar las veces que quieras y empezar el rito. 
Oler el café, mover la cucharilla, sorber muy poquito al principio fingiendo que te quemas como si el camarero no se hubiese demorado nada, olvidarte ese instante de todo y pensar en aquel test que decía que, si respondías que "si" te gustaba el café, eras una persona muy sensual. 
Pues creo que empecé a ser sensual pasados los 27.

2 comentarios:

  1. Me parece increíble cuando la cotidianidad se vuelve la trinchera del estudio profundo del Yo

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  2. Es que en lo cotidiano se refleja el yo al desnudo.

    Y hablando del café... qué daría yo por estar tomando y probando café. Pero, me lo prohíben :(

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